"Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y sostenidamente reflexionamos sobre ellas:
el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Ambas cosas no las debo buscar ni limitarme a conjeturarlas, como si estuvieran ocultas entre tinieblas o tan en lontananza que se hallasen fuera de mi horizonte;simplemente las veo ante mí e inmediatamente las relaciono con las consciencia de mi existir[...].La primera comienza por el lugar que ocupo dentro del mundo exterior de los sentidos y amplía la conexión en que me hallo con una inconmensurable vastedad de mundos sobre mundos y sistemas de sistemas, en los tiempos sin límites de su movimiento periódico, de su inicio y su perdurabilidad. La segunda, en cambio, parte de mi propio yo invisible, de mi personalidad, y me escenifica en un mundo dotado de auténtica infinitud, pero que sólo es penetrable por medio del entendimiento, y con el cual me reconozco(así como, a su través, con todos aquellos mundos visibles) en una conexión no meramente contingente como en el caso anterior, sino universal y necesaria[...].El primer espectáculo de un sinfín de mundos aniquila, por decirlo así, mi importancia en cuanto
criatura animal que ha de reintegrar al planeta(un simple punto del cosmos) esa materia que durante un breve lapso(no se sabe bien cómo) fue dotada con energía vital. En cambio, el segundo espectáculo eleva infinitamente mi valor en cuanto inteligencia gracias a mi condición de
persona, en la que la ley moral me revela una vida independiente de la animalidad e incluso del mundo sensible en su conjunto, al menos por cuanto cabe inferir de la determinación de mi existencia conforme a un fin mediante semejante ley no circunscrita a las restricciones y límites de esta vida sino abierta a lo infinito(I.Kant,2000, A288-A289).