Cuando te das cuenta de lo absurdo que supone meterle un palo a una paloma que gorgojea con otra en pleno apareamiento dejándola parapléjica y haciendo que ruede y ruede sin cesar como en el mito del eterno retorno de Nietzsche, en un círculo vicioso y doloroso sin ningún sentido es cuando es demasiado tarde.
Dicen que Nietzsche se volvió loco cuando vio como un cochero apaleaba sin piedad a sus caballos en la plaza más importante de Viena.
Este tipo de extrañamientos absolutos, esta imagen descorazonadora de un animal siendo apaleado en un momento determinado por un señor que como colofón a una noche de farra decide coger un palo y romperle la crisma a una paloma no es una escena de la naranja mecánica, lo peor de todo no es lo que le ha pasado a la paloma, lo peor de todo es el extrañamiento y la soledad infinitas, el reconocimiento de la falta de sentido en las cosas, la aceptación de una protagonista absoluta en el macrocosmos: la injusticia. Injusticia que quizá quede más clara cuanta menos perspectiva tengamos de la totalidad y repercusión de cada uno de nuestros actos. Como siempre, la justificción del asesino suele ser que no hemos llegado al final de la película para juzgar si aquello fue bueno o malo.
Hay injusticia porque hay libertad para poder cometerla. Hay un margen de error que alguien dejó para que las cosas no sean sólo justas.
Paloma apaleada, sacrificio de aquelarre barato de saldo y speed mal cortado, he aquí tu exequia, la cuenta y tu imagen, que ya siempre será eterna en la mente de más de uno.