



Ayer estuve en la exposición de los trabajos de Chipperfield en la Fundación Pedro Barrié.
Paradógicamente, lo que más me llamó la atención de su austeridad y estética fueron los bocetos de los proyectos, sobretodo las vistas cenitales de su propuestas. Sus estruturas y las contundentes aristas que forman sus cubos se convierten en cuadros constructivistas vistos desde arriba. Sobretodo me llamó la atención uno en el que el núcleo de la construcción estaba pintado en rojo y los edificios aledaños en finas siluetas en negro y blanco. Lo más técnico coincidía con lo más expresivo visto como capas geológicas y como arrugas de un rostro convertido en mapa por los surcos y compartimentos que iba dibujando.
Paradógicamente, lo que más me llamó la atención de su austeridad y estética fueron los bocetos de los proyectos, sobretodo las vistas cenitales de su propuestas. Sus estruturas y las contundentes aristas que forman sus cubos se convierten en cuadros constructivistas vistos desde arriba. Sobretodo me llamó la atención uno en el que el núcleo de la construcción estaba pintado en rojo y los edificios aledaños en finas siluetas en negro y blanco. Lo más técnico coincidía con lo más expresivo visto como capas geológicas y como arrugas de un rostro convertido en mapa por los surcos y compartimentos que iba dibujando.
También recordé la fotografía del alzado de un edificio en Japón que vi en ARCO, de todas sus ventanas y luces separadas por tabiques, de tantas existencias compartimentadas en cajones con ventanas.
Vi en mi cabeza los cuadros de mi madre de inmediato, esos monolitos que son algo más que un rostro cuando los miras, de todas las ventanas de una cara de urbe fragmentada, de un alma de aristas rectas, esquizoides, craqueladas y tristes como un edificio de oficinas cuando acaba el día:
Parece que el rostro y la tierra, en este caso la urbe, son uno y lo mismo cuando uno los mira como rostro a la tierra y como tierra al rostro.









