Vittorio era un tipo elegante. Sus manos eran de pianista que ni toca el piano.
Un tipo elegante y vago. De actitud despreocupada, con cierta ligereza;nunca indiferente.
Incluso cuando discutía aparentemente acalorado yo era capaz de descubrirle una comisura guasona justo debajo de la aleta derecha de su nariz gótica. Estaba de coña.
Aquello, fuera lo que fuese, le importaba un karajo y discutía para entretenerse, para no oxidarse, para poner en marcha un poco el radiador.
Los sábados solía acudir a su partida habitual con su hermano y un par de amigos.
Eran partidas sagradas a las que nunca faltaba. Su sábado noche comenzaba ya con la partida, era el pistoletazo de salida. A eso de las diez ya iba rodado, con viento de cola...con un sabor suave y desafiante a timba, burla y ron añejo.
Vittorio se conocía todos los restaurantes gallegos de Madrid. Era querido en sus barras como hijo bien y predilecto. Daba palique y mantenía su señorío distanciado aún cuando la curda era fina y no le dejaba ni moverse. Le daba presencia aristocrática al ambiente. Era como tener un Rolls en la entrada. El lo sabía y aún sin un duro seguía gestionando su facha.
La última vez que lo ví no comió mucho. Fumó bastante. Deslizando cada cigarrillo por sus manos como si fueran de seda. Dedicándoles a cada uno su dosis de pasión callada y leal.
Hace no mucho supe que había muerto de algo de pulmón.
Nunca abandonó a su cigarrillo. Lo tenía instalado en las falanges como una pequeña escultura de Giacometti en naranja y blanco.
Incluso cuando le rajaron la garganta para darle la vuelta como a un calcetín de chicle y así expulsarle todo el alquitrán anquilosado, él seguía manteniendo la mano firme y el pulso templado para sostener su cigarrillo aún sin darle una calada, simplemente para mirarlo, para ver como el humo y la llama se celebraban y consumían entre sus dedos.
Más adelante le hicieron una traquetomía como la del abuelo de LA MATANZA. Su voz asomaba ahora por una rejilla circular. Sonaba como la de la taquillera del cine o la del chirimbolo del MacAuto.
Siguió fumando por ahí. Decía que así acortaba el proceso y podía mandarte un beso al mismo tiempo que le echaba una calada.
Lo suyo fue una pasión hasta el último momento. Una combustión de gases y gestos cómplices de pareja que se ama y comparte una cierta prisa por abandonar este perro mundo.