Hoy me he despertado viendo una bombilla pelada sobre el techo. Inmediatamente me he puesto a pensar en la lámpara ausente, en la lámpara que no vi, en su forma como objeto y como palabra. Y he reconocido la palabra "-ampara", su forma verbal en tercera persona del presente de indicativo precedida por el morfema "l" de luz, y me he dado cuenta de que en la propia palabra "lámpara" se dice que es ella la que ampara la luz. Luz amparada por un contenedor con forma de ele, con la forma de la mayor parte de las lámparas o eles verticales y siempre colgantes.
Las lámparas son trascendentales. Yo por ejemplo tengo en el salón una muy justita que en realidad no es lámpara, es más bien un casquillo muy grande que protege a la bombilla. La luz cenital que da es tremebunda, horrorosa, verdosa, hace que tengas frío y parece que siempre estás constipado y con malestar.
Nunca la enciendo y cuando la encuentro encendida la apago porque hace feo todo lo que es proyectado bajo su tibia luz. Siempre trato de encender la de la esquina, que sin ser una divinidad, al menos da una luz indirecta mucho más sugerente. La voy a cambiar ahora mismo.
En cuanto al hecho en sí, a su función, la lámpara me hace pensar en una especie de escanciador de luz, de ondas fotoeléctricas, un altavoz insonoro que realza la visión, una falda antigua con volantes de la que manan libélulas que guían la visión desde dentro, desde el núcleo de lo que es esencial, acaparando toda la atención de una manera absolutamente concreta, concéntrica,...
sin que lo más importante pueda dispersarse.
Imagino un aguador de luz que escancia ideas que manan desde una central nuclear doméstica o tinaja antifugas con textura de cerámica.
Pienso ahora en una fiesta, en un baile, en un vals en el que todas las mujeres pudieran llevar lámparas como si fueran faldas y las lámparas fueran las faldas y los hombres colgados como murciélagos bailando de la misma manera pero sin moverse mucho y al revés.
Siempre con chisteras atiborradas de helio.